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Domingo, noviembre 23rd, 2008 | Author:

Salí a dar más que un paseo, un respiro por el bosque que está a dos kilómetros de casa. Fui andando. Me adentré en el frondoso bosque de pinos y abetos. No se oía nada, más que el ligero viento que se hacía sonar entre las ramas. Las deportivas que llevaba no era el calzado más adecuado para andar por ahí, porque eran de suela muy fina y notaba todos los baches y piedras que pisase por el camino. Pero aún así, seguí andando… Me metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta y me puse la capucha para resguardarme del frio. Aire que se deslizaba entre árboles y arbustos.  De vez en cuando oía algún pajarillo cantando o revoloteando entre las ramas. Yo con mi paso ligero iba observando todo el tiempo el mismo paisaje paso a paso. En medio de la nada rodeada de árboles y silencio…

Pocas veces había andado yo por ahí, pero cada vez me gustaba más lo que veía y como me hacía sentir. Relajación sobre todo…

A lo lejos empecé a ver algo raro. Parecían como estatuas o algo así. Pero unas estatuas en medio de un bosque… Todo puede ser. Cosas más raras se han visto. Seguí andando dirigiéndome a esas supuestas estatuas o eso parecían. Pensé que podía haber hecho algún descubrimiento en medio de la nada y que ya tendría algo que contar de un paseo que supuestamente iba a ser para desconectar y nada más….

Según me iba acercando, la relajación se me iba pasando y se iba convirtiendo en nerviosismo. Una brumilla comenzó a rodear aquellas estatuas y el frio cada vez se hacía más presente a cada paso. Miré hacia arriba y ya casi no se apreciaba el cielo porque las amplias ramas de los árboles lo tapaban. Pequeños rayos de luz se iban colando entre sus hojas. Cada vez se hacía más frondoso, y cada vez se hacía más nieblilla alrededor y sobre esas estatuas.

Cada vez quedaba menos para llegar a ellas. Dos pasos más y los veía a la perfección… Llegué… Ahí estaban. Estatuas de piedra en círculo. Eran grises, viejas y algunas con más musgo que otras en sus pies. Eran unos monjes con la capucha de sus hábitos sobre las cabezas. Miraban hacia el suelo y unas amplias mangas que les cubría las manos con lo que solo se les podía ver como asomaban las puntas de los dedos por ellas.

Los observaba uno a uno desde el centro del círculo. Estaban subidos en un pedestal de piedra de medio metro de altura más o menos y todo el suelo del centro estaba repleto de hojas secas. Comencé a oír un chasquido de piedras, como si estuviesen golpeando unas contra otras detrás de mí. Me giré asustada y de una de las estatuas…, le salía vaho de su boca casi inapreciable por la capucha.  Di un paso hacia atrás sin creer lo que estaba viendo. Un minuto después…, otro chasquido y golpeteo de piedras detrás de mí. Me giré y otro de los monjes de piedra también expulsaba vaho por su boca. Quise salir corriendo, pero… Las estatuas comenzaron a desintegrarse convirtiéndose en arenilla y formando un remolino alrededor mío. Empezó a levantarse un fuerte viento a la vez que toda esa arena giraba alrededor de mí.

Con un pánico tremendo me puse a chillar. Caí de rodillas en el suelo, me encogí y me tapé la cabeza con los brazos. Empecé a oír unos susurros y unas voces que decían algo en tono bajo, pero no entendía nada. No fui capaz de levantarme del suelo y mirar hacia arriba para ver que estaba pasando con esos doce monjes. Oí un chillido muy fuerte como si fuese de dolor y todo paró. El viento…, el remolino…, las voces…, todo…

Los brazos me temblaban tanto que me costó muchísimo esfuerzo apartándomelos de la cabeza. Cuando por fin lo conseguí, me dispuse a levantar la cabeza y a reincorporarme poco a poco. Me puse de pié… y ahí los tenía. A los doce monjes rodeándome pero ya no eran de piedra. Eran sus almas. De repente me entró un frio insoportable, hasta el punto de tener un fuerte dolor en la espalda por la tiritona y los nervios. Empecé a marearme y sentí como si me estuviesen absorbiendo, arrastrando sin tocar el suelo a toda velocidad. Quería moverme, pero mi cuerpo o ellos no me permitían mover ni siquiera una pestaña. Volví a oír en medio de mi desvanecimiento un chillido fortísimo y aterrador con susurros y voces por detrás.  Sentí que me agarraban de los tobillos y de las muñecas y me arrastraban por el aire al ras del suelo. Lo sabía porque el olor de la tierra y de las hojas secas entraba por mis fosas nasales.  Entonces noté que me dejaban caer y me estampé contra el suelo dándome en la espalda con una raíz enorme de un árbol que salía por fuera de la tierra.

Me desperté, y con todo el cuerpo muy dolorido hice de tripas corazón para ponerme en pie. Me dí cuenta de que ya no estaba en el sitio que me desvanecí. Me encontraba en otro punto del bosque. ¿Cómo pude llegar hasta allí? El terror invadía mi cuerpo. Tenía delante un edificio enorme de piedra en ruinas. De tres plantas y muchas ventanas cuadradas y pequeñas. Su entrada era lo que mejor se mantenía en ese edificio tan largo y de tres plantas. En lo alto tenía una cruz de metal plana ya algo oxidada  y la puerta de entrada un portón enorme de madera con una puerta más pequeña que era parte del portón. La puerta tenía una ventanilla con rejas oxidadas. Era un monasterio…. ¿Qué hacía yo ahí? Era increíble.  Las pocas ventanas que tenían cristales se abrieron a la vez y comenzaron a salir y entrar luces blancas y sombras de formas extrañas.

Una voz de hombre mayor y cansado intentó decirme algo.

_ Solo queremos tu ayuda… Por favor… Ayúdanos… No te vayas… Ayúdanos…

Lloré, pero no sabía si era de miedo, de angustia o de pena. Pero no sabía ni que hacer ni para donde ir… Por un lado solo quería salir corriendo y marcharme a casa como fuese. Pero algo me dijo que tenía que entrar ahí y mi pesadilla terminaría.

Me dirigí a la puerta del monasterio e intenté abrirla, pero con el paso de los años, del tiempo, estaba totalmente atascada. Estaba cansada de hacer fuerza, pero no hizo falta seguir tirando y empujando la puerta… Se abrió sola. Entré y eso era un escenario frio, lúgubre, tétrico… Por dentro era todo de piedra gris y fría. La puerta de entrada estaba en miedo de un pasillo muy largo y muy ancho con ventanas en todo su recorrido.  Una esfera blanca apareció en medio del lado izquierdo del pasillo vacio y fue perdiéndose hacía el fondo. Algo me decía que la tenía que seguir. Fui tras ella y se paró al lado de una de las tantas puertas que había a la derecha. Desapareció la esfera blanca atravesando la puerta. Yo me quede haciendo el gesto con la mano para intentar abrir la puerta de aquella habitación, pero no me atrevía. Tenía miedo a lo que me podía encontrar. No lo pensé más. Agarré el pomo de aquella tosca puerta, respiré profundo y la abrí.

Me derrumbé. No podía creer lo que estaba viendo. Una estampa que jamás pensé ver. Había una cama de hierros muy destrozada con un colchón relleno de paja todo roto y una manta marrón sucia y vieja sobre ella .En la pared, encima de la cama, se encontraba un modesto crucifijo. En el lado derecho de la cama, una mesita de cuatro patas de madera apolillada con un cajoncito y un candelabro de una sola vela encima. En frente de la cama a los pies de esta, un armario muy estrechito para colgar los hábitos de quita y pon. Eso era todo el mobiliario de aquella habitación o celda. Pero lo duro y lo increíble era lo que había al otro lado de la cama…

¡Que era aquello! Comencé a contar… Uno, dos, tres, cuatro, cinco… diez, once y doce… Ahí estaban los doce esqueletos, cada uno dentro de su hábito, sentados en fila apoyados en la pared. Me tapé la boca con las manos en un gesto de completa sorpresa. Uno de los monjes sentado en el medio tenía un libro escrito de puño y letra por alguno de ellos. Con muchísimo respeto me incliné para cogerlo, pidiéndoles perdón por ello. Le quité el polvo que tenia encima y me dispuse a leer.

Ya dejé de sentir miedo. Empecé a sentir lástima y mucha pena. La hoja que estaba a la vista y la última escrita por ellos decía así.

“14 de enero de 1902

Somos doce hombres, doce personas. A este monasterio venimos los monjes, los hermanos que ya carecemos de familia alguna. Solamente nos tenemos los unos a los otros. A nadie más. Nosotros somos nuestra propia familia. Por mala suerte, hemos ido enfermando uno a uno de tuberculosis y sabemos que aquí tenemos nuestro final. Un final, en el que nos encontraremos con nuestro señor y seremos perdonados por todos nuestros pecados. Hemos decidido que queremos irnos juntos y que ninguno sufra la pérdida del otro. Que Dios nos perdone.

Si alguien nos encuentra…, por favor, saquen nuestros cuerpos de aquí y hagan por nosotros un funeral en nuestra memoria y pidiendo por nuestro perdón al no querer esperar nuestro destino y haberlo adelantado nosotros mismos. Para que nuestras almas puedan descansar en paz.

Si usted, está leyendo esto, como buena persona que es, nos ayudará y Dios se lo agradecerá tanto o más que nosotros…

Gracias.”

Esa carta dentro del diario me sobrecogió. Les volví a pedir perdón por llevarme el diario. Iba a hacer todo lo posible para que esos doce pobre monjes pudiesen descansar en paz. Salí de ahí. Pero no sé cómo supe llegar perfectamente al pueblo y recordaba el camino a la perfección. Me dirigí a la iglesia para contarle lo sucedido al párroco.

No podía creerme porque según su conocimiento por allí no se encontraba ningún monasterio. Hasta que le enseñé el diario… Se le cambió el gesto por completo.

– No sé si estoy loco, pero creo que me estás diciendo la verdad. Llévame dónde has estado.

– Ahora mismo. Le advierto que son algo más de dos kilómetros de distancia. Así que si prefiere, vamos en coche hasta la entrada del bosque.

Nicolás el párroco se sintió aliviado por la opción de no tener que ir caminando hasta allí. Montamos en el coche y don Nicolás me hizo un interrogatorio en toda regla. El donde, como cuando y porqué.

Solamente le conté que fui a dar un paseo para relajarme y al adentrarme demasiado en el bosque, pasé por sitios que nunca había estado. Así que andando andando… lo encontré…

Mientras le iba contando llegamos a la entrada del bosque y dejé el coche aparcado en la entrada de uno de los caminos. Salimos del coche y nos dirigimos al lugar entre tanta maleza y arboleda. Al llegar don Nicolás, nada más ver la fachada del monasterio se santiguó con los ojos como platos.

– Madre del amor hermoso. Nunca supe de este lugar. No me lo explico. Vamos hija…

Entramos en el monasterio y después de ver todo se concertó la fecha para los funerales de los doce monjes para dos días después. El párroco decidió que sería buena idea arreglar el jardín arrancando malas hierbas y cortando el césped y así poder hacerles ahí sus tumbas.

Al día siguiente fuimos los dos a arreglar el jardín y nos dispusimos a cavar las doce fosas en hilera una al lado de la otra. Tres horas después llegaron dos furgones de la funeraria contratada por el párroco para que llevasen hasta el lugar doce ataúdes. Los más asequibles ya que se iban a pagar con dinero de la parroquia.

Por fin llegó el día de los funerales y como no, nos encargamos don Nicolás y yo de todo ya que quedó entre nosotros dos de todo aquello. No quisimos que nadie alterase la memoria de esos hombres ni el sitio en el que vivieron y perecieron. Tuvo unas palabras muy bonitas para  ellos. Una vez enterrados, don Nicolás dijo que se iba ya porque tenía los riñones destrozados.

Lo cierto es que entre dos personas dimos sepultura a doce personas. Cada uno con su cruz de madera sin nombre…

– Vaya usted delante padre. Espéreme en el coche que ahora mismo voy yo.

En el momento que me encontré sola, comenzó de nuevo la ventisca y el remolino de arenilla si se colocó alrededor de las tumbas. De repente la arena se dividió y detrás de cada cruz de cada tumba se empezaron a formar, una a una todas las estatuas de piedra que había encontrado en medio del bosque, y de ellas comenzaron a salir unas esferas blancas que subían hacia el cielo.

Por fin se pudieron liberar. Por fin los doce monjes sin nombre descansaban en paz.

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Lunes, noviembre 17th, 2008 | Author:

Nos metimos dentro del caserón. Era impresionante por dentro. Era enorme. Al entrar se veía la escalera, para acceder a las dos plantas que teníamos sobre nosotras. A la tercera planta, que era el ático, se accedía desde la segunda, por otra escalerita que había. Una casa muy antigua, hecha completamente de piedra y madera. Había unos ventanales gigantes de madera, pintados de verde. El suelo también era de madera, pero estaba muy machacada. Se veía que llevaba más de dos décadas sin arreglar. Las paredes eran de piedra lisa y pulida. En la planta baja, se encontraba el salón que era inmenso. Estaba amueblado con cosas viejas y antiguas. Lo único que había de nuestro tiempo, era una televisión panorámica de cuarenta y ocho pulgadas, y una torre alta que era el equipo de música. Había unos cortinones en esos ventanales verdes, hechos de una tela un poco tosca y pesada. También verdes. El suelo del salón, era el único sitio de toda la casa, en la que había moqueta. También de color verde, como los cortinones y los ventanales pero en un tono mucho más claro. Los techos eran muy altos y con una escayola un tanto extravagante. La puerta del salón era doble y muy biselada. Como todas las puertas de esa casa. Lo impresionante de asomarse en esos ventanales, era ver el acantilado en el que estábamos subidas. Donde era todo un espectáculo, era en la cuarta planta. En el ático. Desde allí arriba ver el mar, era un lujazo. Sobre todo en un día como ese, que había muchísimo oleaje.

Al salir del salón, a cada lado de la puerta, tenían dos plantas altísimas y muy bonitas. Frente a la puerta, estaba la escalera de madera, que servía de acceso a las plantas superiores. También como los suelos, llevaba más de dos décadas sin arreglar. Entre la escalera y la puerta del salón había un cuarto de baño pequeñito, recién decorado con baldosas y muebles muy rústicos. Más hacia delante, estaba la cocina que también era enorme, con fogones muy antiguos, y la cocina de leña de toda la vida. Desde allí, se accedía al comedor. Lleno de cuadros y una mesa enorme y antigua, en el centro de la habitación con doce sillas alrededor de ella. Al fondo estaba el ventanal con su correspondiente cortinón tosco y verde. En la pared derecha de la habitación, había una alacena preciosa de madera.

Cogimos las maletas y subimos arriba para instalarnos. En esa planta, solamente había habitaciones. Era un pasillo que cruzaba la planta de lado a lado, con la escalera en el medio. Frente a la escalera, seguía la otra para poder acceder a la siguiente planta. A la derecha del pasillo había dos puertas de dos habitaciones. Allí nos alojaríamos Tania y yo. Una en cada una. Al otro lado de la escalera y pasillo, había dos puertas más. Una la de Paula. La otra era la de los padres. Al fondo a la izquierda, al lado de la habitación de los padres, un cuarto de baño completo. También estaba recién decorado. Igual que el de la planta baja. El pasillo era muy ancho. Con cuadros, muebles antiguos y ventanales, a lo largo de todo el recorrido. Y una alfombra que lo cubría de un lado a otro. Las habitaciones de Paula, Tania y mía, eran exactamente iguales. Las tres con camas gemelas. Un ventanal en cada una con sus cortinones toscos y verdes. Edredones blancos y esponjosos con muchos cojines. Una alfombra blanca y cuadrada a cada lado de las camas. Los muebles eran nuevos. De un estilo rústico. Unos espejos ovalados y muy largos, colgados de la pared, frente a las camas gemelas. Las tres habitaciones exactamente iguales. Lo que las diferenciaba, era que en la habitación de Paula, tenía sus cosas. En las nuestras, las figuritas de adorno. Los típicos para los cuartos de los invitados.

Al terminar de deshacer las maletas, me di una ducha. Al acabar me encontré con Paula en el pasillo, y a mí me apetecía ver el resto de la casa.

– ¿Te importa si subo a las otras dos plantas para terminar de ver la casa?

– Claro que no. Sube y mira lo que quieras. Aunque te aviso, que en esta planta de aquí arriba está completamente vacía. Para subir a la siguiente tienes que ir hasta el final de pasillo a la izquierda, que es donde están las escaleras. Ya las verás tu misma. La última planta es el ático. No hay nada más que trastos viejos. Pero unas vista muy buenas.

– Vale. Gracias Paula. Estas casas me encantan.

– Tú sube, que yo voy ahora mismo. Ya verás que vistas hay desde el ático. El mar parece todavía más grande. Voy a buscar a Tania y subimos.

-Os espero arriba.

Y eso fue lo que hice. Subí arriba. Efectivamente. La tercera planta estaba completamente vacía. Solo el andar por las habitaciones, hacía eco. La verdad que daba muchísima impresión. Estar en una planta tan grande como un piso en el centro de la ciudad. Completamente vacío. Y a esas horas ya no entraba luz de la calle. Ya era de noche, y el mar solamente se le podía oír. Se oía el fuerte oleaje que chocaba contra las rocas. Se le ponía a una los pelos de punta. Fui al final del pasillo y subí Quería ver el paisaje desde allí arriba, pero lógicamente era imposible. Ya era completamente de noche. Oí pisadas en las escaleras.

– Tania, ¿qué estabas haciendo que tardabas tanto?

No me contestaba nadie. Asomé la cabeza por el hueco de la escalera. Las luces que dejé encendidas en la tercera planta, estaban apagadas. Me estaba empezando a asustar. Y encima, allí arriba, con tantos bultos. Tapados con plásticos y sabanas viejas.

– ¡Tania, Paula! ¿Dónde estáis?

Yo las llamaba, pero no me contestaban. Tampoco me atrevía a bajar. En este instante, mi estrés y mi angustia, crecían por momentos. No sabía que hacer. La luz de la tercera planta la dejé encendida. Allí no había subido nadie para apagarla. Los plomos no podían ser. Estaría toda la casa a oscuras. Yo seguía descartando lo lógico. Entonces, ¿Quién o cómo se apagó esa luz? También había oído subir a alguien por la escalera. Allí no había nadie. Estaba yo sola. Las volví a llamar:

– ¡¡Taniaaa…, Paulaaa…!! ¿Me oís?

Seguía sin contestarme nadie. Entonces, o bajaba de allí, o me quedaba a pasar la noche entre tantos bultos tapados de mala manera. Me dirigí hacia la escalera, y lo primero que hice fue agarrarme a la barandilla y mirar hacia abajo. Un poco estúpido, puesto que estaba completamente a oscuras. Sabía que el interruptor estaba al pie de la escalera a la derecha. Solo me quedaba bajar los escalones. Respiré hondo y baje como una insolación. Al llegar abajo, rápidamente estire el brazo hacia el interruptor y encendí la luz. Todo estaba normal. Hasta que… Alguien subía por la escalera. Subían de la segunda planta. Sentí un poco de alivio pensando que estas dos ya venían.

– ¿Dónde os habíais metido? No me puedo creer que no me hayáis oído llamaros.

No eran ellas. Era una parejita de gemelos de unos cuatro años. Subían corriendo. Iban los dos vestidos igual. La verdad que me extrañó muchísimo el verles allí. No oí en ningún momento que llamasen a la puerta.

– ¿Y vosotros dos de donde habéis salido?

– Nos ha abierto la puerta Paula. Venimos aquí todos los fines de semana.

– ¿Y vuestros padres?

Los dos se miraron y se empezaron a reír. Empezaron a correr por toda la planta vacía, hasta que uno de ellos me contestó:

– Tenemos una casa cerquita de esta. Siempre tiene flores. Nuestros padres no están.

Me hizo, mucha gracia. Pensaba que me estaban tomando el pelo.

– Bueno, dadme la mano los dos y vamos abajo.

Vinieron los dos y me cogieron de la mano. Bajamos las escaleras hacia la segunda planta. Ellos iban cantando y saltando escalón a escalón. Llegamos a la segunda planta y seguimos bajando hacia la planta baja. Cuando ya estábamos bajando los últimos escalones, los gemelos echaron a correr hacia abajo, y desaparecieron. Yo no les hice mucho caso, porque se irían con sus padres que estarían en el salón. Al llegar abajo veo entrar en casa a Tania y a Paula. Me extraño muchísimo. Los niños salieron corriendo y no sabía a dónde. Los padres solos en el salón, no podían estar.

– ¿Dónde estabais? Me he vuelto loca. Os estaba esperando arriba en el ático. No hacía más que llamaros y no me contestabais.

– Perdona Ane. Pero es que hemos saldo un momento al invernadero, para hacer una ensalada en la cena. ¿Hemos tardado mucho?

– No Paula. Y los padres de los niños, ¿Dónde están? No he oído la puerta.

Tania y Paula se miraron muy extrañadas. Hicieron el gesto de mirar por la escalera, hacia el salón y la cocina. Tania me preguntaba con la cara de sorpresa que solo ella sabe poner. Frunciendo el ceño, arrugando la nariz, y poniendo la boca en forma de dibujo animado. Como si le hubiesen dado un susto.

– ¿Qué niños dices Ane? Si aquí no ha venido nadie. No han llamado a la puerta.

– Pues los niños me han dicho que Paula les ha abierto la puerta. Han subido hasta la tercera planta. Allí me los he encontrado.

La cara de Paula era todo un poema. No sabía de qué le estaba hablando y toda convencida, decía que allí no había entrado nadie más que nosotras.

– Pero si es que aquí, no ha entrado nadie más Ane.

– Bueno yo no se si me estáis tomando el pelo las dos. Pero menudas piezas que son los gemelos, jajajaja.

A Paula se le transformó la cara. Se fue corriendo a la cocina. Tania y yo detrás de ella. Se quedó pegada al ventanal de la cocina. La respiración se le agitó. Después como una loca buscando en todos los armarios y cajones, cajas de tilas y valerianas. Mi hermana y yo no entendíamos nada. Yo me rascaba la cabeza, en un gesto de no entender lo que hacía. Tania, movimiento que hacía Paula, movimiento que hacía ella detrás. Paula me miró. Tenía la cara desencajada.

– ¿Te dijeron de donde eran? No sé. Algo que te hayan dicho. Lo que sea.

Pensé que se había vuelto loca. No sabía que decirle. Me limite a contarle las cuatro frases que me dijeron los dos enanos.

– Lo que me han dicho es, que tu les abriste la puerta. También que tienen una casa aquí cerca. Con muchas flores.- La cara de Paula, por momento empalidecía- Y al decirles que donde estaban sus padres, me han contestado que no estaban. Nada más Paula. ¿Qué te pasa?

– ¿Qué me pasa? Pues pasa, que esa casa lleva vacía tres años. Solo vienen cada temporada a cambiar las flores y a arreglar el jardín. Me pasa, que los niños tenían razón. Los padres, no están aquí. Me pasa, que hace tres años, esos niños estaban jugando aquí al lado. Les gustaba muchísimo jugar con una pelota roja que tenían. Hace tres años, yo estaba con ellos y con sus padres.- Tania y yo cada vez entendíamos menos lo que nos quería decir.- Estaban casi en la orilla del acantilado. Raúl sin querer empujó a Alex. Alex tropezó. Cayó por el precipicio. Raúl se asusto. Saltó tras él. Quería ayudar a su hermano. Los gemelos se mataron. Sus padres y yo, corrimos. Corrimos. Corrimos mucho. Ellos fueron más rápidos que nosotros.

Nosotras no dábamos crédito a lo que estábamos oyendo. ¿Pero cómo pude verles? ¡Si estuvieron conmigo! Hablaron conmigo… y ¡Los dos me dieron la mano!

– ¡No puede ser lo que me estás diciendo Paula! ¿Me acabas de decir que les he dado la mano a dos niños que están muertos? ¿Es eso lo que me dices?

– ¡Y yo que se! Lo único que se, es que los gemelos murieron ¿vale?, ¡solo se eso! Los dos cayeron por el acantilado… Yo lo vi … No puede ser…. No puede ser…

Tania en un intento de que no enloqueciésemos, siguió buscando como una loca la caja de valerianas y las tilas. Estaba tan nerviosa que miraba hasta tres veces en el mismo cajón. Resulta, que Paula, ya las había puesto encima de la mesa. Ni nos dimos cuenta. Ni tan siquiera ella. Oímos un ruido. Venía del salón. Paula y Tania chillaban como locas. Se oían unas pisadas. Se paraban. De repente, se oía correr a alguien. Yo tenía los ojos como platos. No era capaz de moverme. Algo teníamos que hacer. No sabíamos si alguien había entrado en casa. O lo que las tres nos temíamos. Los gemelos…

Decidimos salir para ver qué pasaba. En lo que no nos poníamos de acuerdo, era, en quien iba delante. Al final salí yo la primera. Tania y Paula, detrás de mí. Nos pusimos delante de la puerta de la cocina. Ya solo nos quedaba animarnos, y dar unos cuantos pasos más hasta llegar al salón. A mitad de camino, cogí una figura alargada de cobre. Estaba en una cómoda junto a la pared. Al lado de la escalera. Según íbamos avanzando, las otras dos se me pegaban más, y yo iba agarrando con más fuerza la figura. De nuevo los pasos. Estaban en el salón. Al llegar frente a la puerta del salón, nos detuvimos. Las tres histéricas, no nos atrevíamos a entrar. Dejamos de oír los pasos. Nos quedamos las tres inmóviles, y mirando fijamente a la puerta. La puerta se comenzó a abrir. Levanté la figura de cobre, agarrándola fuertemente. Oímos unas risas infantiles. Decidí empujar la puerta con el pié. Allí estaban los dos. En el centro del salón. De espaldas a nosotras. Paula y Tania se tapaban la boca la una a la otra, para no chillar. Bajé los brazos con la figura de cobre. Yo les miraba. Me parecía imposible, que estuviesen muertos. Yo los veía. Las tres los estábamos viendo. Eran reales. Uno de ellos se giró con la cabeza agachada. Después el otro. Vimos como se iban acercando a nosotras. Retrocedimos unos cuantos pasos hacia tras. Ya taquicárdicas, por no saber el que hacer, solo dábamos pasos lentos hacia atrás. De repente cuando ya estaban casi en la puerta del salón, levantaron la cabeza los dos a la vez. Estaban muy pálidos. Nos dimos cuenta que los ojos los tenían completamente blancos. Comenzamos a chillar como locas, y nos dispusimos a correr las tres. En ese mismo instante desaparecieron.

Nos fuimos corriendo al mueble donde cogí la figura. Allí estaba el teléfono. Empezamos a marcar el teléfono de casa de Paula. Tania cortó la llamada. Paula se enfadó.

– ¿Por qué narices has hecho eso? Déjame llamar para que nos saquen de aquí.

– ¿Y qué les vas a decir? Que has visto dos fantasmas ¿no? Y encima tú diles, que eran los fantasmas de los gemelos. Claro que van a venir. Pero con el control antidoping en la mano. Sería la primera y última vez que nos dejasen unas horas solas. Tanto tus padres como los nuestros.

– Tania tiene razón, Paula. Pienso que no deberíamos decirles nada. Además ya son las tres de la madrugada. No vas a llamar a estas horas. Además solo quedan unas horas para que amanezca.

– ¿ Y si vuelven a aparecer, Ane? Dime tú que hacemos.

Agarre a las dos del brazo y las dirigí a la cocina.

– Bueno, vamos a tranquilizarnos un poquito. Ahora nos tomamos una tila con tres o cuatro bolsitas en cada taza, y sin separarnos las tres para nada, subimos una de las habitaciones. Cerramos con pestillo para quedarnos más tranquilas, e intentamos descansar un poco ¿vale?

Estaban como aleladas. No reaccionaban. La verdad que ninguna de las tres. La verdad que en un momento acabamos con todo el paquetito de las tilas. Mientras las tomábamos intentábamos hablar de otra cosa. Al terminar, metimos las tazas en el fregadero, y salimos de la cocina para subir a la habitación de Paula. Íbamos encogidas y agarradas. Queríamos mirar a todas partes para ver si había algo, pero tampoco nos atrevíamos. Así que subimos corriendo las escaleras y nos metimos lanzadas en la habitación. Cerramos la puerta con pestillo. Parecía que nos habíamos relajado un poco más.

Juntamos las dos camas gemelas para hacerla una. Sin deshacer las camas nos tumbamos sobre ellas y Paula saco mantas del armario para taparnos. Nos quedamos las tres en silencio. Sin hablar. El oleaje era fortísimo. Se oía una y otra vez, a las olas estrellarse contra las rocas. Echamos los cortinones, porque no queríamos ver ningún reflejo en los cristales. Y con la luz encendida nos quedamos dormidas.

Las nueve de la mañana. Entraba la luz entre la unión de los dos cortinones. Tania fue la primera en despertarse.

– Chicas. Ya es de día. Voy a abrir los cortinones.

Saltó por encima de las dos, y se fue hasta el ventanal. Los rayos de sol, cuando las nubes se lo permitían, entraban tímidamente a través de los cristales.

– ¿A qué hora llegan tus padres?

– Creo que, eso de las once Tania.

Me levanté de las camas y retiré las mantas. En un momento, pusimos todo en su estado normal. Tania y yo teníamos que salir de la habitación, para ducharnos y cambiarnos de ropa.

– Espérame Ane. Voy contigo. Abre la puerta con cuidado. ¡Por favor! Que no estén ahí fuera.

– A ver, tranquila. Salimos y vamos derechas. Primero a tu habitación y luego a la mía.

– Vale, pero ten cuidado al abrir. ¿Y tu Paula? ¿Vienes para no quedarte sola?

– No tranquilas. Llegó el día, se fue el miedo.

Soltamos una carcajada las tres y mi hermana y yo le dimos la razón. Salimos de la habitación con más tranquilidad. Yo fui a mi habitación y Tania a la suya. Eran las once y ya nos habíamos duchado, cambiado de ropa y desayunado. La casa estaba completamente en calma. Oímos como llamaban a la puerta. Fuimos las tres a ver quien era. Al abrir la puerta, no había nadie. Cerramos la puerta. Al girarnos, vimos como los gemelos corrían escalera arriba. Subían riéndose. Notamos como en el piso de arriba, pataleaban y corrían de un lado a otro.

– ¡¡Vámonos de esta casa!! ¡¡Yo no puedo quedarme aquí como si
nada!!

– ¿Y a donde quieres ir Paula? La única solución que nos queda, es esperar fuera hasta que lleguen tus padres. Pero, ¿Qué solucionamos con eso? Cuando lleguen, tendremos que entrar otra vez. Esto tiene que tener alguna solución.

Al decir la palabra mágica, SOLUCIÓN, ya no se oía ningún ruido.
De pronto aparecieron en la escalera. Bajaban los dos muy despacito y agarrados de la mano. Tenían la sonrisa pilla en la cara. Esta vez se les veía como a dos niños normales. Tania y Paula, ya querían echar a correr. Las tuve que detener, porque sinó, eso no acabaría nunca. Yo les miré, y con ese aspecto no me daban miedo. No era el aspecto que nos mostraron anoche. Sentí mucha pena por ellos.

Siguieron bajando, hasta que se pusieron frente a nosotras. Nos miraron. Estaban con el dedo índice, apoyado sobre el labio inferior. Me agaché y les pregunte.

– ¿Qué estáis buscando? A mí me lo podéis contar.

– A ti no. A Paula. Se lo queremos decir a Paula.

Paula tenía los ojos encarnados. No quería acercarse a ellos. No paraba de llorar. Me dirigí a ella. Le quise hacer ver, que no pasaba nada. Que eran sus gemelitos de siempre. Raúl y Alex. Solo querían decirle algo a ella, y se acabaría todo. Parece que conseguí convencerla. Se seco las lágrimas con las muñecas y se agachó.

– Bueno canijos, ¿Qué es lo que me queréis decir a mi?

– Nuestros juguetes. Tú tienes nuestros juguetes.

– A ver Raúl, dime que juguetes son esos que os los doy ahora mismo.

A los dos enanos se les cambió la cara y apareció una gran sonrisa en sus caras. Con los deditos, señalaron hacia arriba.

– Nuestra pelota goja Paula. Y tamién tienes el molino de Alex.

A Tania y a mí se nos caían las lágrimas. Nos daban muchísima pena. Solo querían sus juguetes.

_ Vale canijillos. Ahora mismo cojo vuestros juguetes. Queréis que os los ponga en vuestro jardín. Los dos a dúo empezaron a saltar y a dar palmadas.

– ¡Siiii… allí, allí!

En ese momento, se dieron la mano y se empezaron a desvanecer delante de nosotras.
Paula subió como una insolación a su habitación. Subía llorando. Empezó a sacar todas las cosas de su armario, hasta que dio con los juguetes de Raúl y Alex. Se quedo un instante de rodillas frente al armario, llorando con la pelota entre los brazos. Se levantó, y cogió el molino que lo tenía adornando la pared. Bajó despacito por la escalera, con los juguetes entre los brazos. Estaba cabizbaja y con los ojos enrojecidos e hinchados.

– Venga. Vamos a dejar esto en su sitio, y acabemos.

Tania y yo no dijimos nada, y la acompañamos a dejar los juguetes en su sitio. Al volver a la casa, llegaban los Padres de Paula en el coche. Paula, al verles, se puso sus gafas de sol, para disimular el enrojecimiento de los ojos.

Al llegar a la puerta de la casa, estaban los padres de Paula sacando las maletas del coche.

– ¡Hombre, las tres fieras! ¿Qué tal hemos pasado la noche?

– Bien papá. Ha sido entretenida. Había mucho oleaje. Mamá, ¿te importaría hacer para la hora de la comida, una lasaña grandota?

– Jajajaja, bueno…, vale. Dame tiempo a que deshaga la bolsa, y me pongo a hacerla.

– Gracias mamá. Vamos a estar un rato aquí fuera y entramos enseguida.

Sus padres entraron dentro de casa. Nosotras con quedamos fuera. Al lado del acantilado, sentadas. Nos quedamos centradas mirando al mar. Completamente relajadas. Tania rodeó con el brazo los hombros de Paula.

– Ahora ya sabes que están bien Paula. Has hecho lo que tenias que hacer.

– Gracias, Tania.

Nos quedamos otra vez calladas. Mirando al frente. Al relajante mar.

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Viernes, noviembre 14th, 2008 | Author:

Un pueblecito a treinta y cinco kilómetros de la ciudad con treinta y seis habitantes y ya todos ancianos. Llevaban viviendo ahí desde que prácticamente nacieron. Faltaba muy poco para el fatal aniversario de aquella terrible epidemia, que hoy por hoy todo el mundo se pregunta cómo es posible que esos treinta y seis ancianos sobreviviesen a tal catástrofe. Era una fecha muy señalada que ninguno de los treinta y seis ancianos quería recordar.

Por primera vez en tantos años, entre los vecinos, siempre contado según lo vivido y experiencia del anciano más anciano del pueblo,  comenzaron a sacar el tema por la coincidencia de la cifra. Por temor a lo sucedido hace ya unos cuantos años, decidieron reunirse en la plaza del pueblo. El alcalde se subió a uno de los bancos de piedra y expuso su opinión de lo que deberían de hacer ese día.

– Vecinos…, hermanos y amigos… Dadas las circunstancias y lo sucedido hace casi treinta y cinco años con esa epidemia que hoy todavía nadie sabe de que murieron nuestros seres queridos… y dado que es escalofriante la coincidencia del número de habitantes, de los kilómetros que hay hasta la ciudad y lo más tétrico los años que hace del aniversario, pienso que ese día deberíamos salir todos del pueblo e ir a las campas que hay a las afueras celebrando  que inexplicablemente sobrevivimos y recordando a nuestros seres queridos perdidos aquel día.

Los ancianos estaban la gran mayoría de acuerdo con la decisión tomada por el alcalde de pueblo. Pensaron en llevar sus mesas de camping y llevar cada uno una cosa para comer y beber. Compartirlo entre todos y cerrar el día con un pequeño baile y unas partidas a las cartas. Solamente uno de los vecinos puso impedimento. El solterón y el que más edad tenia del pueblo, que según él se está relatando esta historia.

– Creo que no es un día para celebrar nada. Hay que olvidarlo y no hay más que hablar. Conmigo no contéis. No señor yo no voy a ningún sitio. Yo pienso quedarme en mi casa como hasta ahora. Por cierto, gracias por contar conmigo como habitante. Yo soy el número treinta y seis. Da lo mismo porque yo no voy a ir…

Nadie le hizo caso. Como si no le viese ni le escuchase nadie.

Nos contaba el buen anciano que todos sus vecinos llegado el día comenzaron a preparar todos los bártulos para la escapada a las campas. Pocos habitantes pero con el trajín de la salida estaba completamente revolucionado. Las treinta y cinco personas con tanto algarabío hacían por cincuenta. Los que disponían de carretas las pusieron delante de las puertas de sus propias casas para llenarlas y compartirlas con aquellos vecinos que no las tenían.

El hombre no entendía el porqué de esa reunión y festejo precisamente ese día cuando se tuvo que lamentar tantas muertes. Nos contaba con resignación que si hubiese sido por él, todos se habrían quedado en sus respectivas casas a pasar ese día. Mientras el anciano recordaba nos invitó a pasar a la sala a tomar un café con él. Era una salita muy coqueta con cuatro mesitas camillas con sus mantelitos y sus jarroncitos con dos margaritas cada uno. Tenía dos ventanas con unas cortinitas con unos volantitos muy bonitas, las paredes tapizadas en tela beige con estampados salmones y marrones, una lamparita en medio de casita de muñecas con cuatro brazos y cuatro tulipas de tela a conjunto de las paredes. El suelo estaba enmoquetado en color marrón y una puerta blanca muy bonita.

Le preguntamos porque él no fue con ellos, en vez de quedarse solo en el pueblo y con un gesto de pena con los ojos encarnados nos comenzó a explicar su motivo.

– No señor…. no era buen día para salir de casa…Cuando mis vecinos y compañeros de pueblo se subieron a las carretas…, algo se puso sobre ellos… Algo que no sabría decir lo que era. Parecía como si una enorme nube negra como nunca hubiese visto nunca se colocase sobre ellos. Lo que más me extrañó era que a ellos no parecía afectarles ni sorprenderles. Seguían igual de contentos por irse de escapada ese día.

Nos quedamos anonadados escuchando al anciano con su forma suave y serena de contar las cosas. En cierta manera nos transmitía ternura por su aspecto frágil y bonachón.

– Como os iba diciendo muchachos, a mis vecinos parecía no importarles nada tener esa cosa negra sobre ellos. A mí me atemorizó y no me atreví a salir para despedirles. Simplemente me limité a mirar entre las cortitas de la ventana de mi cocina. Cuando ya arrancaron y se pusieron en marcha… no se… aaiisss… Una luz enorme, tan grande como un túnel blanca muy fuerte se puso frente a mis vecinos y quedaron completamente paralizados. Los caballos fueron desvaneciéndose uno a uno… mis vecinos…. Aayyy pobrecitos míos… se fueron girando uno a uno dirigiendo todas sus miradas hacia la ventana en la que yo estaba mirando entre las cortinas y uno a uno fue cambiando su aspecto como si fuese un retroceso en el tiempo… a la juventud… ¡¡Volvieron a ser jóvenes de nuevo!! ¿Cómo pudo ser eso? Ingenua pregunta, ¿verdad?

Nosotros con perplejidad no sabíamos si ese hombre por la edad desvariaba o se estaba contando un relato real y estaba reviviendo los peores momentos de su vida.

– Yo sabía que no estaba loco y lo que estaba viviendo allí era real. Creedme muchachos que era real. Teníais que haber visto sus caras…, sonrientes, jóvenes… despidiéndose de mi todos con la mirada, muy felices por la marcha… De pronto vi como se volvían todos hacia delante de nuevo y se iban introduciendo todos en ese gran túnel. Una luz brillante preciosa pero que yo no quise cruzar. Comencé a llorar como un niño… como ahora lo estoy haciendo… caramba que duro es esto… En fin. Cuando ya entraron todos, la luz comenzó a brillar más aún todavía y pensé que pude quedar ciego porque no se veía nada más que blanco. Parecía el fin del mundo y que todo iba a estallar… y sin más ni más… desapareció. La luz y mis queridos vecinos… Sus carretas quedaron en el sitio y ellos desparecieron ante mis ojos.

Ese mismo día me di cuenta que siempre estuve solo que ellos los treinta y cinco murieron ese fatídico día, y se quedaron conmigo para hacerme compañía… Sus almas y espíritus se quedaron conmigo para protegerme. Se quedaron para cuidar de un viejo chocho en un pueblo fantasma… Hasta el día de hoy que les recibo en el comedor de esta residencia premortem. Así es como la llamo. No se la puede llamar de otra manera.

No sabíamos si ponernos a llorar con él, si darle un abrazo muy fuerte o si salir corriendo espantados por lo que acabamos de oír. Ese hombre había vivido durante treinta y cinco años entre fantasmas y al cumplirse el treinta y cinco aniversario de sus muertes desaparecieron uno a uno a descansar en paz y al buen anciano le llevaron sus sobrinos a esa residencia.

Después de la historia del hombre, nos dirigimos al pueblo para ver lo que el nos contó… Ver si éramos capaces de encontrar alguna prueba o sentir algo de lo que el nos transmitió mientras nos relataba lo sucedido.

Llegamos al pueblo… Era increíble… Allí estaban las carretas de esos vecinos como paradas por el tiempo, la ventana del anciano entre abierta y las cortinas una corrida y otra no… y … la señal del pueblo que anunciaba… los treinta y cinco kilómetros hasta la ciudad…

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Miércoles, noviembre 12th, 2008 | Author:

-Sebastián, dígales a mis hijos que bajen a desayunar. Ya deberían de estar aquí. No soporto la impuntualidad.

– Enseguida señor.  ¿Desea algo más?

– No. Suba a llamarles.

El estirado mayordomo asintió con la cabeza como si de un militar se tratase y se retiró del comedor para llamar a Ignacio y a Pablo. Subió por las escaleras pasando su mano incrustada en un blanco e impoluto guante, para ver si había polvo depositada en ella. Llegó a la primera planta y por el gran pasillo a la derecha se dirigió a la habitación de los dos niños. Por el camino se encontró a las dos criadas. Una subida a una rustica escalera de madera para poner los nuevos cortinones del pasillo en esos enormes ventanales, mientras la otra agarraba la escalera para que Marta no se partiese la crisma ya que no estaba en muy buenas condiciones.

– Mercedes, ¿que es lo que hace aquí parada? Seguro que tiene miles de cosas por hacer. Ha tenido suerte de que yo no sea el señor. Ya sabe cómo se pone

– Si ya se ya. Al viejo un día de estos le voy a decir que contrate a otra muchacha porque es demasiada casa para solo dos mujeres. ¡Un día va a ocurrir una desgracia trabajando en estas condiciones!

– Baja la voz mujer. El señor te puede oír. Da gracias a que tenemos un trabajo en estos tiempos de miseria que corren.

Mientras Sebastián decía esto iba caminando hacia la habitación de Ignacio y Pablo mientras Mercedes hacía gestos de resignación. Llega a la primera puerta. La habitación de los niños.

– Señorito Ignacio. Su padre les espera para desayunar.  Por favor ayude a su hermano a peinarse ese remolino y desen prisa. No le hagan el trabajo más difícil el trabajo a la nany.

El mayordomo se retiró de la habitación para continuar con sus tareas. La niñera que cuidaba de las dos fieras de 9 y 6 años no quería que Sebastián regañase continuamente a los niños. Siempre les defendía contra viento y marea.

Ignacio y Pablo una vez listos salieron corriendo hasta el comedor para no tener reprimendas de su padre Matías Galmez. Un rico empresario de una fábrica de metal. La más grande e importante del país. También viudo desde hacía 6 meses de Ana de Galmez. Una elegante mujer y muy enfermiza también. Lo que le causó no poder tener hijos y tener que recurrir a la adopción. Su marido siendo muy mujeriego aún así quiso tener esos hijos con su esposa. Primero tendrían a Ignacio tres años después a Pablo. Desde entonces Matías se hacía cargo de sus hijos lo mejor que sabia dentro de su rigidez y disciplina. Una semana después de la muerte de Ana despidió a la nany que tenian en ese momento porque vio más apropiado tener a una niñera de su total confianza y bien conocida.

Llegaron los niños a la puerta del comedor donde esperaba su padre sentado en un extremo de la mesa sentado, seguramente con su café frio por la espera y los caballos que empujaban su calesa congelados por el frio desde que les sacaron del establo para llevar al señor a la fabrica.

– Habéis sido impuntuales y ya sabéis que no me gusta llegar tarde a la fabrica y mucho menos que le hagáis esperar a vuestro profesor. Para que mañana seáis puntuales le voy a decir al señor Santiago que os tenga tres horas más estudiando y dando clase.

– Lo sentimos mucho papá. No se volverá a repetir.

Decían los niños con la cabeza baja y se sentaron a desayunar por fin.

La nany que escuchó la reprimenda, quiso ir corriendo a disculparles diciendo que había sido ella quien los había demorado. Pero no pudo. La puerta de la habitación de Ignacio y Pablo se le cerró en sus propias narices. Era imposible abrirla. Estaba completamente atascada.  Una esfera blanca salió de la pared en la que se encontraba la puerta y se puso a dar vueltas sin parar por toda la habitación dejando una gran estela y se desapareció… La puerta se abrió y la nany volvió a cerrarla y se puso a hablar en un todo un tanto elevado.

– Ya sé lo que intentas. Pero no me lo vas a impedir. Mucho menos tú. Sé que eres tú.

Muy enfadada abrió la puerta y salió corriendo de la habitación. Las dos criadas que estaban con los cortinones en el  pasillo la oyeron y la vieron salir con esa prisa. La miraron calladas, extrañadas y como si fuese un bicho raro. Sabían que estaba hablando sola. Bajó al recibidor a esperar la llegada del señor Santiago y conducirle como todos los días al cuarto de estudio de los niños.

El señor Matías se despidió de sus dos hijos recordándoles que tienen tres horas más de estudio por la impuntualidad y así se lo hizo saber a la nany. Cogió su capa y su sombrero y salió a su coche de caballos camino de la gran fábrica.

Nany abrió la puerta al profesor y le dirigió a él y a los niños al cuarto de estudio. No estaba dispuesta a decirle al señor Santiago que los niños estaban castigados a tres horas más de estudio y clase. Siempre les tapaba todo y les justificaba hasta lo más injustificable. Los malcriaba y a espaldas de su padre.

Entraron el señor Santiago y los niños dentro del cuarto de estudio y la puerta se cerró antes de que la nany pudiese pasar.  Está se enfadó tanto tano que volvió a hablar en voz alta.

– Esto no va a quedar así ¿Te enteras? No tienes ningún derecho.

El mayordomo mientras la nany hacia aspavientos con los brazos y  hablaba sola al aire mirando hacia arriba intentaba enderezar el retrato de Ana Galmez que tendía siempre a torcerse. Un retrato enorme que presidia el recibidor de la casa. Sebastián siempre pensó que esa nany podría tener algún trastorno mental porque en más de una ocasión la vio hablando sola y enfadada. Pero no la decía nada. Era un hombre extremadamente respetuoso y educado.

Las criadas que la volvieron a oír se asomaron por la escalera y cuchicheando entre ellas hacían múltiples comentarios.

– Yo creo que el señor perdió el norte al contratar a esta niñera con lo buena chica que era la otra. Desde que está esta, los niños están mal criados. Están perdiendo sus buenos modales.

La nany las oyó y vio a las dos cotorras.

– ¿Y vosotras qué? ¡Urracas! ¿No tenéis trabajo que hacer que estar ahí asomadas como dos farolillos? ¡Vamos hombre…!

Las criadas se retiraron  de donde estaban para seguir a sus tareas pero aún así seguían con el cuchicheo. La nany se dirigió a la habitación de los niños para prepararles la ropa de recreo una vez terminasen las clases hasta la hora de la comida. Fue pasar por enfrente del retrato de la señora Ana y torcerse de tal manera que la cabeza del cuadro miraba al suelo. No le hizo el más mínimo caso y se dispuso a subir esas preciosas escaleras de madera con su alfombra de terciopelo estampado en el dentro de ellas y sus majestuosas barandillas. Fue agarrarse en a la barandilla y dar un chillido… Se quemo la mano y se le quedo marcada el dibujo de esta. Dio media vuelta escaleras abajo para curarse la quemadura y la alfombra tan bonita que cubría la escalera comenzó a estirarse… y delante de ella otra vez la esfera gigante blanca y muy brillante.

La nany ya comenzó a asustarse pero a la vez con su enfado que ya tenía antes.

_ ¿Qué quieres conseguir? No vas a poder conmigo. Que lo sepas.

Entonces mientras ella se agarraba la mano quemada e intentaba poner el pie en el peldaño de abajo. La esfera desapareció y la alfombra volvió a su sitio. Ella pensó que con quien hablaba ya le había quedado claro que no la debían seguir molestando. Bajó las escaleras y se encontraba en medio del vestíbulo y el retrato se colocó de lado señalándola a ella. La nany ya se asustó tanto que quiso ir corriendo a la cocina a por el botiquín. Para llegar a ella tenía que pasar primero por un pasillito cerrado sin ventanas ni nada todo laminado de madera al rededor. Era el pasillo del servicio. En medio del pequeño corredor se quedó paralizada, no fue capaz de mover ni medio musculo del cuerpo. Notó como alguien la agarraba por la parte de atrás del uniforme a la altura de media espalda y tiraba de ella hacia atrás. Comenzó a axfisiarse… Cuando ya pudo empezar a moverse y pudo respirar bien, el pasillo empezó a nublarse y a bajar la temperatura. La mujer aterrada no sabía si ir hacia delante o hacia atrás y delante de ella empezó a ver solamente unos ojos que la seguían con la mirada a cada sitio que se movía. Comenzó a oír una risa penetrante y fuerte. La nany comenzó a llorar de pánico y angustia.

– ¿Pero porque me haces esto? ¿Porque no me dejas acercarme a los niños?

Y bajo esos ojos rasgados que la seguían con la mirada y flotando en el aire comenzó a salir vaho y salieron unas palabras bajo esos ojos y dentro de ese vaho.

– En esta casa no tienes derechos…Fuera de aquí…

Ya se estaba acercando la hora de la llegada del señor y el mayordomo y las criadas estarían a punto de cruzar ese pasillo para preparar la comida  para la familia de tres. Entonces algo la levantó del suelo y la puso contra la pared y esos ojos delante.

– Reconoce lo que hiciste…, reconócelooo…

– Por favor no me hagas daño, fue hace años y no sabía que iba a pasar todo esto.

– Reconócelo y vete de esta casa…. Fueraaaa….

La nany se vio entre la espada y la pared y no fue capaz de llevarle la contraria a esos ojos.

– Perdóname siento haber sido amante de tu marido pero por favor¡ déjame tranquila…!

– Los niños…, no te acerques a ellos…

La nany mas angustiada todavía y rompiendo a llorar como una desconsolada no pudo evitarlo confesó.

– ¿Cómo no voy a acerarme a ellos? ¡Fui yo quien los parió!

En ese mismo instante todo volvió a la normalidad, desapareció el espectro de la señora Ana y se vio rodeada de toda la servidumbre, el señor, los niños el profesor y el señor Matías.

Ignacio y Pablo la miraron con los ojos desencajados y llorosos….

– ¿¿Mamá…??

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Martes, noviembre 11th, 2008 | Author:

Anoche iba de camino a mi casa en mi coche. La niebla y la lluvia hacían una visibilidad difícil. Puse la calefacción porque tenía frio y los cristales se empañaban. Puse la radio para hacer el viaje más ameno. Parecía que me había metido en la boca del lobo. Ni una farola en la carretera, sin casas, sin almas… O eso creía yo.

Puse el manos libres para llamar a casa. Iba a avisar de que tardaría algo más por el mal tiempo. Seguía lloviendo y la niebla cada vez más densa. El termómetro del coche marcaba cuatro grados.  El antinieblas poco podía hacer ya, porque apenas se veía a un metro de distancia y tuve que parar el coche, con las luces largas, antinieblas y los intermitentes de emergencias para el coche que pudiese venir. Llamé otra vez a casa comunicando mi situación.

– Soy yo. He tenido que parar el coche porque no se ve absolutamente nada. La niebla hace imposible poder seguir. Voy a esperar a ver si se despeja un poco. No… no te preocupes. Si, estoy bien. De verdad… En cinco minutos te vuelvo a llamar para decirte como está la situación, ¿vale?. Venga hasta ahora…

Paró de llover, pero la niebla continuaba densa y yo dentro del coche con todas las luces encendidas pareciendo el letrero luminoso de un burdel. Seguía con mi radio encendida y con la inquietud de estar ahí en medio de la nada en esas condiciones, pero mantenía la esperanza de que despejase un poco. Eran las doce de la noche y nada, yo seguía más intranquila.

Sonó mi teléfono. Llamaban de casa para ver si ya me había puesto en marcha y para ver que tal estaba.

– ¿Cómo estás? ¿Sigues con el coche parado?

– Si, aquí sigo. Ya no hace frio y ya no llueve. Parece increíble pero la niebla está mas densa que antes, es como si quisiese traspasar los cristales del coche. A este paso tendré que pasar aquí la noche.

Mientras hablaba miré a la pantalla del coche donde parca la temperatura de la calle y no marcaba nada. La temperatura había desaparecido y la llamada parecía que se había cortado.

– ¿Me oyes? ¿Estás ahí?

Pero una voz completamente diferente y desconocida me contesto.

– No te preocupes…, vamos a buscarte y te llevaremos a casa… A tu nueva casa…

Tiré el teléfono por el pánico que me había entrado. Rápidamente lo volví a coger poniéndolo en la oreja.

– Marcos ¿eres tú? Creo que empieza a fallar un poco la cobertura y se te ha distorsionado un poco la voz.

– No te preocupes… vamos a buscarte para llevarte a tu nueva casa…

Apagué el teléfono. Y con un gesto muy lento de mi brazo fui dejando poco a poco el móvil en el asiento del copiloto hasta soltarlo. Tenía la respiración entre cortada y no hacia mas que mirar a todo ese seudopaisaje tétrico que me rodeaba. Vi una silueta de entre la niebla que venía hacia el coche. Yo con un gesto de alegría pensé que alguien me había visto y venia a socorrerme. Por fin había llegado ayuda y podría salir de ahí.

La silueta cada vez se acercaba mas y yo ya estaba preparándome para salir del coche. Hasta que se plantó en el mismo morro del coche alguien alto, delgado, con una túnica blanca de gran capucha que le cubría la cabeza. Completamente pálido, labios que prácticamente se podían distinguir en la cara con un finísima línea, muchísimas arrugas y los ojos completamente en blanco.

Quise chillar y no pude, bloqueé las puertas del coche e intenté poner el coche en marcha pero la llave no giraba. No arrancaba el coche. y ese personaje, espectro o lo que fuese, estiró su brazo y dejando a la vista de entre sus enormes mangas una mano prácticamente esquelética de dedos larguísimos y señalándome con el dedo índice.  Mi desesperación por intentar arrancar el coche era mayúscula pero ni arrancaba el coche y ya hubo un momento que yo no fui capaz de ponerlo en funcionamiento. El personaje desaparece de enfrente del coche y comencé a respirar tan rápido como me daban los pulmones. El ordenador de a bordo se apagó y dejó de funcionar. La radio daba la sensación de haber perdido la señal y solo emitía ruidos extraños como si estuviese buscando la emisora de nuevo. Miré por todos los cristales del coche a ver si veía al personaje de nuevo pero no lo vi…. Hasta que giré mi cabeza poco a poco y… ¡¡Ahí estaba!! ¡¡Pegado en mi ventanilla!! ¡Tenía su cara al otro lado del cristal!!

Mi chillido y mi taquicardia fue monumental, el coche empezó a temblar y a oírse un horrible sonido metálico. Como si fuese una sierra mecánica. Chirridos y muchos golpes. Las luces del coche parpadeaban y yo no encontraba mi móvil para llamar a la policía y pedir socorro. El seguía pegado en mi ventanilla y yo me fui como pude al asiento del copiloto encogida y mirando a ver si encontraba el móvil y llamar a la policía.

El personaje no se cómo pero estando al otro lado del cristal habló y le oía como si estuviese dentro del propio coche.

– Tienes que salir del coche. Este ya no es tu sitio. Tienes que venir conmigo. A tu verdadera casa. Vamos sal ya…

– ¡¡Déjame en paaazz!! ¡¡Voy a llamar a la policía!! ¡Sera mejor que te marches y me dejes en paz!

El personaje desapareció pero los chirridos y golpes no… Los ruidos insoportables metálicos continuaban y cada vez mas fuertes. Las luces seguían parpadeando y una de ellas se fundió. El ordenador de abordo ya no funcionaba. La niebla incesante seguía ahí, rodeando el coche. El coche no arrancaba… seguí buscando el móvil para poder llamar a la policía y en un gesto que hice para mirar por el retrovisor… ¡¡Lo tenía detrás de miii!! ¡¡Estaba dentro del coche!!

Di otro enorme chillido y salí corriendo del coche. De pronto… la niebla se empieza a disipar enfrente de mí… Cada vez se veía todo mucho mas claro y mas nítido. Comencé a ver muchísimas luces de repente, naranjas, azules…. y muchísima gente alrededor de mi coche… unos hombres con unos cascos puestos, intentando cortar el techo y la puerta de mi coche…

El personaje apareció a mi lado. Me relaje y le miré.

– Tenías razón. Este ya no es mi sitio. Vamos a mi nueva casa…

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Lunes, noviembre 10th, 2008 | Author:

¿Piensas que el lugar más seguro es tu casa? La respuesta es NO. Te ven. Te escuchan. Te oyen respirar… Siguen cada uno de tus pasos, para que en cualquier momento te puedan ir a acechar… No les llames porque les tienes ahí… ¡!Contigo!!

Si sales a la calle te siguen pendientes de ti, en cualquier momento.

¿A quién no le ha pasado alguna vez el CREER sentirles por la noche mientras intentas dormir? Puede que ni les oigas. Puede que no les veas. Pero están ahí… En todas partes. Buenos y malos. Por la noche les oirás respirar. A tu lado. Si giras la cabeza, verás su cara contra la tuya mirándote fijamente. De repente se aleja y ves su sombra en movimiento por la habitación. Tienes la sensación de que no te quita el ojo de encima. Tanteando el terreno en el que tú estás.

Oyes pasos. Alguien con la voz rota, intenta decir algo… Cuando consigue decirlo, lo único que pronuncia es tu nombre. Una y otra vez. Sin parar. Tú mientras tanto, con la luz apagada. Sin poderte mover. Las mantas te tapan la cabeza. Con un sudor frío y con todos los músculos de cuerpo agarrotados. No te atreves ni si quiera a sacar la mano para encender la luz. Sabes que está ahí y que al mínimo movimiento se abalanzará sobre ti.

Si de verdad eres una de las tantas personas, que aunque solo una vez en la vida le ha pasado esto o algo similar…, entonces no sabes realmente lo que es el miedo. Vas a pasar uno de los mayores terrores…

¿PREPARADO?

Psicofonia:yoquehagoaqui

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